La comunidad afectiva es el reverso de la “comunidad afectada” un concepto que las empresas extractivas y los organismos financieros internacionales han inventado y consolidado como parte de su propio lenguaje de legitimación e instalado en el inconsciente colectivo de los pueblos que son elegidos, para ser sacrificados.
Una comunidad afectiva no se basará nunca en los límites geográficos. Lejos de eso, una comunidad multiespecie reposa en el afecto por el territorio, lo que a su vez traerá necesariamente el cuidado.
Quienes habitamos y residimos en la provincia de Catamarca, nos vemos afectados por las decisiones que toma el Estado sobre el uso del agua y de la tierra. Y en consonancia a esto, nos encontramos en una relación afectiva con el territorio y la comunidad de seres humanos y no humanos. Doliendo, disfrutando y defendiendo ese pedazo de mundo.
La virtualidad ha traído sobre-medicalización porque estamos sobre-estimulados y distraídos. Hemos creado una tecnología que no tiene nada de lógica en lo que se refiere al cuidado de la vida. No tiene lógica, ni respeto, ni afecto.
El desafío entonces será armar comunidades afectivas, multiespecie que -saliendo de la trampa de la fragmentación- nos integren a una humanidad micelar, como las redes subterráneas del micelio que comunican, nutren y sostienen el bosque entero, una humanidad micelar implica reconocernos interconectados a ese gran todo.

