De la mentira del litio a la resistencia de lo ancestral

El Salar del Hombre Muerto, parte de nuestra tierra y hogar de nuestros ancestros, hoy sufre una herida profunda. Una herida que se ve en el río Trapiche, que ya está seco, y también en el corazón de nuestra gente. Hace años nos prometieron desarrollo, empleo, bienestar y futuro. Nos engañaron. Ese progreso nunca llegó, y tampoco va a llegar a nosotros, los habitantes de este territorio.

En cambio llegaron las mentiras, las divisiones y la pérdida de nuestros valores más esenciales. Donde antes había comunidad, hoy hay desconfianza. Donde antes compartíamos el trabajo y la esperanza, hoy se impone el silencio del miedo. No solo nos quitaron la tranquilidad del agua limpia y abundante, también nos quitaron la unión que siempre nos sostuvo como pueblo Atacameño.

La minería dice que trae oportunidades, pero trae desigualdad. Prometió crecimiento, pero trajo destrucción. Nos hablaron de “responsabilidad social”, pero nunca se hicieron responsables de la destrucción y de la pobreza que están dejando. Mientras tanto, muchos de nuestros jóvenes sienten que su único futuro posible es trabajar para las mismas multinacionales que están saqueando nuestra tierra. Empresas que juegan con sus esperanzas, que les prometen trabajos por años, que los alejan de sus familias, de su cultura y de la vida comunitaria que nos sostiene. Los verdaderos beneficiados fueron y serán los de afuera: foráneos y políticos complacientes que se enriquecen sin haber defendido jamás a la gente que los elige.

Mientras tanto, el Salar se evapora rápido. Donde antes fluía el río Trapiche, ahora hay pastos muertos. Donde antes el paisaje nos encontraba con la inmensidad de la tierra que habitaron nuestros abuelos, ahora hay parques industriales de cientos de hectáreas, lagunas contaminadas y mangueras enormes que llevan millones de litros de agua del río Los Patos -uno de los afluentes vivos más importante de la región- hacia las plantas y las piletas de extracción. Nos venden la transición energética a través de la muerte, una transición que nos deja sin agua. Y lo más doloroso es que, detrás de todo eso, se va perdiendo el sentido de comunidad, el respeto, la solidaridad y la palabra.

Sin embargo, en medio del saqueo, Antofagasta de la Sierra sigue resistiendo. No se rinde ni se calla. Hay mujeres y hombres que defienden el agua, la tierra y la vida, que saben que sin naturaleza no hay futuro. Esa resistencia es nuestra mayor riqueza, la que ningún proyecto extractivista podrá destruir.

Hoy más que nunca debemos recuperar la unión, la dignidad y la verdad. Volver a mirarnos como seres humanos que habitamos el planeta tierra, la Pachamama.  Por eso estoy aquí. Para decir basta a las mentiras del falso progreso. Para recordar que el futuro que queremos es otro: uno donde podamos vivir en armonía con la tierra que nos alimenta, donde el agua sea protegida y donde nuestras voces sean escuchadas de verdad.

El litio no alimenta. Lo que alimenta es el agua, el trabajo honesto y la comunidad unida.

Nuestros pueblos no necesitan minería para crecer. En nuestros territorios, esta transición energética solo trae devastación y división. Nosotros queremos justicia, respeto y esperanza.

Porque el verdadero progreso nace cuando los pueblos y las comunidades pueden vivir en paz con su entorno y consigo mismo.

Los pueblos unidos de Andalgalá, Fiambalá, Ancasti y Antofagasta formamos parte de Catamarca, un territorio que elige la vida, el agua y la comunidad por encima de la minería.

Gracias.

Elizabeth Mamani – Comunidad Indígena Atacameños del Altiplano, Antofagasta de la Sierra.

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